Intereses compartidos

Por Arturo Rodríguez Fernández

Diario Urbano “Revista Estilos”
Ilustración: Ramón Sandoval
 
Uno siempre dice que no va a celebrar, que el cumpleaños va a pasar por debajo de la puerta, que ya está muy viejo para esos canes.
 
Sin embrago, llega el día señalado y te empiezan a llamar los amigos, que si felicidades, que si no vas a hacer nada esta noche para pasar un rato por tu casa, que si…
 
 
Y entonces te das cuentas de que si invitas a este tienes que invitar aquel, que si se lo dices a fulano tienes que decírselo a mengano y que, echando una ojeada hacia la desolada  mesita del bar, razones que aquellas botellas semivacías no van a alcanzar para nada y que tendrás que ir al supermercado a comprar no sólo alcohol y refrescos sino además algo de picadera y después visitar la pastelería para que te canten el “Happy Birthday To You” y buscar pastelitos y pizzitas y que, en definitiva, el dinero que tienes en la cartera no alcanza. Obligatoriamente mañana, que es el día oficial del cumpleaños, vas a tener que pasar por un cajero automático para retirar algo de efectivo ya que no siempre, y en todas partes, se puede depender de la tarjeta de crédito.
 
Es lo que haces ese día en el que amaneces más viejo, en el que te encuentras, ante el espejo, con una nueva arruga, aunque, para vencer la depresión, hayas visitado la peluquería hace veinticuatro horas y en estos momentos quites alfileres y cartones de la camisa nueva que vas a estrenarte.
 
Estas ya ante la fachada del banco. Aparcas el vehiculo y te diriges, tarjeta en mano, memorizando tu codigo una vez mas, al cajero automatico. Mala suerte. Está fuera de servicio  “ temporalmente”.
 
Entonces tienes que esperar a que abra la puerta ese guardián que sigue los minutos y los segundos de un reloj que rara vez coincide con el tuyo y, en la espera, conversas con un joven al que una de esas maquinas le “comió” la tarjeta precisamente anoche y tiene verdadera urgencia de solucionar su problema. Que si las ocho y diez pero no importa. ya, después de aprenderme el “Diario Libre” de memoria, han abierto y tengo el primer turno en la fila. Miro a mi alrededor y detrás del mostrador veo globos,vejigas y corazones.
 
Oigo entonces una serie de voces que dicen: 
 
-Felicidades, Arturo.
 
No me lo puedo creer, ¿Cómo es posible que me feliciten en un banco donde nadie me conoce, que no es ni siquiera la sucursal que frecuento, donde nadie sabe que es mi cumpleaños y donde, por supuesto, a nadie le importa? Estoy allí en el día de mi cumpleaños, en una sucursal bancaria llena de letreros de felicidades.
 
Pronto se aclara todo, cuando entra Arturo, el otro Arturo en escena, que es un empleado bancario que se llama como yo y cumple el mismo día, aunque él sea muchísimo más joven y no nos parezcamos en nada; aunque los dos llevemos bigotes de esos de los que ya no se estilan. Y estoy fuera del banco pero todo ha cambiado. Tengo que compartir ese día soleado que creía de mi propiedad y experimento lo mismo que siente el hombre cuando la mujer amada le dice que ya no lo quiere, que se va con otro, o cuando una mañana ve a aquel desconocido conducir el auto que una vez fuera de su propiedad, o cuando pasa frente a la casa que una vez fuera hogar de su familia y cuyos recuerdos le han usurpado los extraños que ahora viven en ella y que la han pintado del color que mas detesta.
 
Esta sensación se acreciente cuando llegan los amigos, cuando abro los regalos, cuando me rodean  ante la mesa cantándome el “Feliz Cumpleaños” ,cuando tengo frente a mi el velón porque ya las velitas no caben, cuando tengo que soplar y pedir un deseo porque ya no soy el que sopla sino el otro Arturo, el empleado de la sucursal bancaria.

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Ecumple